La Sevilla que se nos fue


Brilla el sol, florece el azahar… Sevilla.
Era Sevilla. Ese abril resplandeciente que ofrece su mejor estampa
… ya no es mi primavera.

Mi primavera son los días en los que se olía de lejos su perfume, se veía la luz tras la ventana -esa ventana-, y son también los días que prometían que todo se acababa. Que, de hecho, detrás,  no vendría nunca otra estación.
Se quedó en la primavera.

Cuando todo es más bonito, las calles se llenan del tin-tin de vasos brindando; las plazas, de estridentes cornetas que anuncian que la algarabía ya está aquí; y las minifaldas prometen que falta poco para disfrutar de la playa. Cuando Sevilla es Sevilla en su máximo esplendor. Cuando Sevilla también era mi Sevilla.

Y mientras ella sigue, derrama a borbotones el perfume que no oliste y la luz que no acarició tu cara. Te abofetea presumiendo de lo bonita que es.  Y siempre será preciosa… pero ladrona.

No pudo ser de otra manera. Tuvo que ser, justo, aguantando. Como para poder ver, aunque no viera, esa última gloria.

Sevilla murió, como muere una estación tras otra.
Sevilla me robó… Y, además, la primavera.20140407_145919-1[1]

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