La fábrica de besos


El peluche de la casa tenía casi cuatro años. Era un niño que daba unos besos extraordinarios, y le encantaba descubrir el poder que tenían sobre las personas que los recibían. Normalmente provocaban una gran sonrisa, una mirada tierna, un abrazo, o todo a la vez. A veces incluso había mayores que lloraban al sentirlos. Era muy extraño y no lo entendía, pero sabía que ese era su poder especial.
Tan asombrosos eran sus besos que los daba de sabores. Pero no de fresa o de naranja, eso era muy sencillo. Los daba de plátano con chocolate, de vainilla y galleta, de frutas tropicales o de batido de helado. Estaban riquísimos. Eso le decían. Pero su especialidad eran los sabores sorpresa. Si se concentraba mucho, mucho, e iba a dar un beso muy especial, a Papá, por ejemplo, le salían besos que llevaban deseos cumplidos. Sabían a luz, a descanso, a paz, a una fiesta súper divertida, a churros con chocolate en una tarde de domingo, a la satisfacción del trabajo bien hecho, a un día de parque, al agua mojándote los pies en la playa… A cualquier cosa bonita.
No entendía bien cómo lo conseguía, pero veía que eso no lo hacía nadie. Sus besos eran especiales, pero ¿de dónde salían?
Un día volvió del cole muy triste. Su amigo favorito, su muy mejor amigo, le había roto un muñeco precioso que estaba haciendo con plastilina. Le había puesto mucho cariño, incluso unos ojitos y todo. Pero eso no fue lo peor. Después de ver que sus mimos habían sido aplastados sin razón alguna, le pasó algo verdaderamente horrible: se sintió incapaz de dar un beso. Simplemente, no tenía, se le habían acabado. Lloró tanto que se le acabaron las lágrimas también. Y sin más, sin ganas siquiera de comerse su merienda preferida, se puso a ver los dibujitos sintiendo que ya no tenía nada especial que dar.
En esto apareció Mamá, y ya se sabe que las mamás sí que son especiales. ¡Resulta que Mamá sabía dónde estaban sus besos! Le contó que, en su barriga, él tenía un depósito de besos infinito. Era como una bolsita que se iba llenando de besos continuamente, y que no, no se le habían acabado. Simplemente, se le había averiado el motor.
Cuando estaba contento, el corazón le latía a la velocidad de Rayo McQueen, y así era cómo en su barriga se fabricaban besos siempre. Como había estado triste, el corazón se le había escacharrado y no era capaz de hacer mover los besos para que subieran. Pero claro, Mamá sabía la solución, porque ya se sabe que las mamás lo saben todo y son súper especiales. Tan sólo había que concentrarse, respirar despacito y pensar en piruletas. Un minutito solo. Ahora hacemos así con la boca, como las vacas cuando comen hierba. ¿Lo notas? ¿notas cómo los besos se están moviendo en tu barriga? ¡Sí, ahí están!
El corazón empezaba a revolucionarse, ¡sí! Todo volvía a funcionar. Qué susto se había llevado…
En ese momento, a sus cuatro añitos, decidió que nunca jamás de los jamases iba a permitir que se le escacharrase de nuevo su fábrica de besos. Y que nunca, nunca, nunca, dejaría de dar esos besos especiales que tanto le gustaban a la gente.
Porque ese era su poder, sus besos. Sus extraordinarios besos.

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