En el espejo


Le gustaba pensar que esta etapa de su vida era su verdadera adolescencia. Sobre los trece, los quince o los diecisiete estuvo siempre muy centrada, no necesitó rabietas ni llamadas de atención. Ni siquiera le habían salido granos. No sufrió de los dolores del amor típicos, no se rebeló contra el sistema, nada.

Ahora, con unos cuantos años más, sentía que estaba creciendo, formándose aún. Que la verdadera fase del cambio estaba allí, día tras día, momento a momento, y que los cambios hormonales, los de humor, los de sentir y de vivir, eran patentes, desgarradoramente notorios, casi se podían tocar con las manos.

Con el corazón gastado de tanto latir, y sin bombear lo suficiente, sofreesforzado, lacerado y sin más remedio que seguir a mayor ritmo cada vez. Cada vez le exige más. Esa válvula que llevaba atascada un tiempo por unos cuantos posos mal posados, a fuerza de trabajo debía limpiarse. Y para eso, el ahínco diario, sin tregua, sin descanso, sin respiro. Un despiste y perdido el impulso de ayer.

Y es que se miraba en el espejo y le dolía. No se reconocía. Ni por fuera ni por dentro. Su expresión había perdido ese yo qué sé que antes tenía. Sus ojos no brillaban gritándole a la vida como antaño. Irradiaban algo extraño: no eran pena ni melancolía (¿o quizás sí?), prefería pensar que habían dejado de emitir esa energía. Siempre tuvo un brío especial. A lo mejor es que ahora lo necesitaba todo en sus entrañas y asomaba nada a la fachada. Tan sólo la sombra de quien fue, materializada en sus eternas ojeras.

No le sobraba nada. Tenía mucho que dar, que no es lo mismo. Le costaba asumir esa necesidad, el requisito de darse. Todos los amaneceres rivalizaba con la dadivosa para contenerse. Tenía que comprender que las decepciones las traen las expectativas, y que entregar y entregarse, muy a su pesar, creaba en su fuero interno la esperanza de la recompensa.

Formándose al cambio. No le gustaba mucho en quien quería convertirse, pero era mucho más práctico, mucho más inteligente. Después de todo, se trata de no sufrir. Había que reconvertirse, y si eso suponía jugarse su esencia…
Quizás eso, lo más valioso que tenía, era precisamente la fuente de sus desconsuelos.
Quizás… quizás debía desprenderse de ella con todas sus consecuencias.
Quizás un día volviese a emanar sin lastimarla…
O quizás no, quizás la perdiera para siempre.

Lo cierto es que cuando se miraba al espejo ya no se reconocía.

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