¿Me queréis dejar en paz?


Es todo muy extraño. Hablo de ti casi como si siguieras vivo. Ahora con la libertad de poder decir ciertas cosas que forman parte de lo que soy y que a ti maldita gracia te hacían. Pero, casi como si estuvieras vivo.

La gente al oírme dice que “soy muy graciosa” …Ya. Es que salí a mi padre. Una versión imprudente, ordinaria, enemiga del boato y las apariencias, la hipocresía y la falta de sinceridad…  ¿A mi padre?.
Serán el desparpajo y un toquecito socarrón, porque otra cosa…

Casi como si siguieras vivo. Como si llevases un tiempo de vacaciones, con la naturalidad de tu pasado aquí y la frescura de imaginar que volverás.

La cosa es que de allí no se vuelve. ¿De la nada? Difícilmente.
Y tengo que morderme la lengua, los labios y la sesera cada vez que alguien me dice que nos estarás mirando desde algún lugar mejor. ¿Quiénes son los incrédulos?

Pues para ellos, para los de la fe, el día que haga dos años de tu partida oficial, ya, habré de ir a exhibir mi pena en público como si no nos doliera igual todos los amaneceres. Parece que hay algo que celebrar. O que por obligación ese día hay que atormentarse en el recuerdo.

¿Me queréis dejar en paz? No necesito caras de circunstancia, ni todo lo contrario. No necesito comentarios como “hay que ver… dos años ya… parece mentira…” Te lo parecerá a ti. Yo me lo he ido comiendo día tras día cuando ví que ya el periódico no llegaba, que no reconocía las llaves que pasaban por debajo del balcón, cuando alguien me pregunta quién es Fulanito Fernández-Palacios  y no sé qué responder, pero al llegar a casa tampoco me entero, cuando pregunto dónde está la calle “tal” y tengo que mirar en Google, o cuando me ha parecido oír un ruido extraño al coche.

Claro que a mí no me parece mentira. Me he enterado, y bien enterada.

Y me tengo que reír… “dos años”… Dos años serán para ti, que le pones fecha al contundente final.
Ay, amigo, pero ¿dos años? Dos años es lo que tú cuentas.
Algunas estaciones más son las que yo callo.

Id vosotros, reuníos por él, rezad cuanto queráis y tomaros una cerveza, dos, o tres. Haced lo que os dé la gana.

Pero a mí, por favor, no me mezclen.

Porque, en definitiva, no es como si llevases un tiempo de vacaciones, de allí no se vuelve.
¿De la nada? Difícilmente.
Y tengo que morderme la lengua, los labios y la sesera cada vez que alguien me dice que nos estarás mirando desde algún lugar mejor.
¿Quiénes son los incrédulos?

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