Érase una vez…


Érase una vez un par de personitas que tenían el poder de convertirse en pequeños duendecillos capaces de correr por sitios, tan estrechos, tan estrechos, que se internaron un día, sin querer, sin preguntar, en un huequecito del músculo más potente que pueda poseer el ser humano.
Y ese ser extraño al que le tocó cobijarlos los guardó para siempre allí, calentitos, con la esperanza de que nunca,  jamás, quisieran salir de entre sus latidos.

Cada mañana les acaricia, les da los buenos días, les intenta hacer llegar cuánto los echa de menos… porque están tan adentro que, a veces, a poco le sabe oír el murmullo que producen. Percibir su eco es su castigo. Tan cerca y tan lejos… Duendecillos.

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Para esos dos duendecillos que tiraron de mí con sus abrazos.
Que me han visto reir, pero sobre todo llorar.
Para ellos, con los que se creó en lo más hondo de mí un inexorable vínculo;
la simbiosis justa, perfecta, de las almas.
Para ellos, para que esto no sea un “gracias”, ni un “te quiero” cualquiera que se desvanezca en el tiempo.
Para que sepan que ahora, tan sólo un poco más tarde, estoy dispuesta a seguir pidiendo abrazos –porque los sigo queriendo– pero sobre todo a sonreir. A sonreir por lo que soy, por lo que tengo y por haberlos conocido. En el peor momento quizás, sí, pero… ¿si me quisieron entonces…?
Para ellos… porque han llenado una parte de mi vida donde sólo había vacío.
Para ellos… y para mí, porque los necesito.

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