Cosquilleo (II)


Amaneció casi en la misma postura. Un poco más acurrucada, el abrigo puesto pero envolviéndole las piernas, y esa mano… Esa mano que no paraba de pedir y por la que no corría bien la sangre. Resbalada fuera del colchón, había perdido sensibilidad alguna. En ese instante tanto pesaba que hubiera sido incapaz de sostener un miligramo de nada.

“Pedid, y recibiréis”, fue lo primero que pensó. Le sobresaltó el ataque de esa frase repentina. Miró su mano, sentía su cosquilleo despertándola. Una sensación de incomodidad la inundó de forma exagerada y fulminante. No era la ropa, ni los zapatos, tampoco esa pequeña molestia en un ojo; ni siquiera era su mano. Era la frase: “Pedid, y recibiréis”.

Se incorporó lo suficiente, dejando esa mano atrás por el peso de sus requerimientos, mientras se quitaba los zapatos como podía, un pie contra el otro. Contemplaba absorta esa mano llena de hormigas invisibles. Apoyada sobre el codo contrario, el cuello girado tantos grados como le permitía la soñera, la observaba.

–¿Pedid, y recibiréis?

Si en ese momento hubiese podido fulminarla con la mirada lo habría heho. Todos los músculos de su cara ya sí se habían despertado. No sabía cómo deshacerse de ella, no podía, formaba parte de sí misma. Y pesaba. Pesaba mucho. Estaba muerta. Muerta, pero no lo suficiente como para no hacerse notar. El cosquilleo…
Sólo había una solución: tomarla con toda la fuerza que su zurda le ofreciese.

Torpe, débil e inexperta, con un solo golpe de cerebro se volvió firme y decidida. Agarró a su opuesta enérgica, agresiva por los dos retos que tenía presentes: que no se le ocurriera pedir más y… “¿Pedid, y recibiréis?”.

Un minuto más tarde desapareció el hormigueo. Se permitió entonces el lujo de tomarse un instante de respiro y caminó descalza hasta la ducha, aún con el abrigo puesto, la copa de vino derramada y seca sobre su vestido, despistada.

Ante el espejo, la imagen que se le ofrecía al desvestirse no era todavía la suya.

–Dad. Dad, y recibiréis.

Levantó la vista, se miró a los ojos, y sonrió. “Dad, y recibiréis”.

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