Becerrita


Tan pronto y ya está aquí, contrariando el “buenos días”.

Bonitas palabras susurradas… ¡qué digo susurradas, gritadas!

Y sobadas, mucho. Grima.

Cuánto adjetivo tirado a la basura. Escupido al aire con placer de fingida superioridad.

Seguiré aquí, discutiendo sola, porque sé más de lo que tu propia boca sabe.

Es como un monstruo que pasa la vida insistiendo en cuatro cosas.

Es como un monstruo que se repite… se repite… se repite…

para dentro y para afuera.

Marcar así no está bonito.

Como la divisa al toro; lazo vivo que llena de color instantes antes de la traición:

se marca y se abandona.

“Eres mío, te he criado, y ahora te entrego, sabiendo lo que vales, a la suerte del

sufrimiento”.

Con una sonrisa de orgullo.

“¿Ése? ese bicho es mío. Míralo cómo se revuelve.

Cómo embiste con la lealtad que me profesa.

Lo que daría el pobre diablo por volver al campo

a pastar tan tranquilo con los demás descastados.

Esto le pasa porque es de otro talante.

Éste sí vale.

Y su pena será la muerte.

Así es la vida: el común pasa por ella sin notarse

y el que sobresale la pierde porque le marea su perfume”.

divisa

Ojalá el óxido del arpón y la sangre derramada…

¡Perfidia cruel!

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