El cangrejito manco.


Desde el 8 de marzo de 2010 vengo dándole vueltas a esa palabra que a tantos les da miedo pronunciar -y no me extraña-, CÁNCER.
Ese mismo día, unos ojos amarillos me pusieron alerta sobre lo que se venía encima. Sin diagnóstico ni juicio, llegar a casa y escribir directamente en google: “ictericia cáncer”. Y ahí estaba; abierto a mí todo un mundo de información nueva. Leer, releer, buscar y rebuscar… que si síntomas, estadios, tratamientos, esperanza de vida, brum, brum, brum.
Batiburrillo de datos tan lejanos que de repente se plantan ante tus ojos con todas las papeletas de que te toque bien de cerca.
Y llegar a una habitación de hospital cantando “Me sube la bilirrubina” porque tu papel ha sido siempre el de payasa y no puedes dejarlo ahora. Ahora menos que nunca. Por mucho que veas, no la orejas, sino al lobo entero, asomando por detrás del amarillo.
Efectivamente, el lobo no era lobo: era cangrejo.
Y el cangrejo se convierte en miradas de unos y de otros, en palabras medidas, en frases que atraviesan el alma, en cuidados especiales, iniciativa, amargura, lástima, sonrisas infinitas que se tornan lágrimas en cuanto sales del campo visual del “cangrejado”.
Tomar decisiones… qué  importante. Hay que decidir rápido y con fuerza por ti y por todos los demás. Renunciar a mucho, a ti, por ejemplo. Y saber que un simple gesto puede derivar en catástrofe: una postura desacertada, una palabra, un ademán; elecciones tan difíciles de adoptar cuando sabes que son irrevocables.
Explicar a quien no entiende que se acabó. Que es así, y que ahora toca esto.
Que la gente se admire de tu fortaleza y tú sólo sepas que no hay tiempo para llantos: actuar, rápido, con consecuencias.
Algunos tardan en sufrirlas, quizás los que se quedan. Una vez agotado el plazo de darlo todo, como en el deporte, después de un gran esfuerzo, una gran relajación. Pero resulta que no; tampoco. Después del gran esfuerzo llega otro, parece que esto es más triathlón… Mantenerte a flote y avanzar. Aún vamos frescos, es un buen momento para apretar. La bici se asoma casi como premio: el medio es más del hombre, parece como una oportunidad de seguir corriendo y descansando a la vez. Pero llegar a la carrera… eso ya es otro cantar. Te quitan tu soporte, tu asiento, y ahí estás sólo tú con tus dos piernas -si te sostienen- para llegar aunque sea arrastrando hasta la meta. A la meta hay que llegar, eso está claro, pero qué árduo camino el de este tramo. No abandonar. Ya no queda nada. Pero ¿cuánto he de pasar hasta la meta? ¿cuánto tiempo es el “normal” para esta fase? Natural que estés cansado, fatigado y al borde del desaliento. Y entonces alzas la vista y ves ¿la meta? No… aún no… pero sí que alguien ha venido y te trae agua. Incluso te acompaña en una recta. Así mucho mejor.

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