LA COCINA DE CARMEN


 

 “¿De qué vale comprender la naturaleza y el sentido

de la vida, si ésta no ha sido nunca degustada?

Es mejor comer el pastel que formular teorías acerca de él”.

Anthony de Mello.

 

 

Ya andaba haciendo ruido, desde bien temprano, enfrascada en sus cacharros de cocina, con las ideas bien claras acerca de qué cocinaría hoy. Varias cosas, y quizás un postre. Algo dulce, de textura suave, que acaricie el paladar. Con nata, quizás; o cuajada. Sí, mejor cuajada, que es más sana, no tiene tanta grasa. Por encima… una capa de colorido, una pizca de contraste para los ojos. Puede que una deliciosa mermelada de frutas rojas, y kiwi, unas rodajas de kiwi esparcidas a lo largo del pastel. Porque el pastel que iba a hacer sería bien grande. Hoy venían a comer sus hijas con sus maridos y la pequeña Adriana, el nuevo bebé que llenaba todo con su sonrisa y su ternura.

Ya era abuela. Por Dios, “abuela”… qué palabra tan… grande. Grande por entrañable e importante. Grande por lo que el tiempo le recordaba: ya había pasado a otro escalafón. Ya no era madre, ahora era ABUELA. Convertida de nuevo en persona imprescindible en el cuidado de la recién llegada, según están las cosas. Pero después de todo, sólo era la “abuela”.  La abuela Carmen.

Como la mayoría de las abuelas de hoy en día, convivía con un abuelo con el que no se llevaba del todo bien. Ciertamente hacía al menos cinco años ya que no sostenían discusiones de las que se oían por el ojo de patio, pero de vez en cuando sí se recordaban la importancia de mantenerse al menos a dos habitaciones de distancia para evitar encontronazos.

El abuelo parecía un hombre cultivado: amante del cine y la literatura y la música de grandes compositores. Quizás antes de jubilarse había trabajado en algo relacionado con la docencia, parecía tener cara de profesor de música. Y se le habría truncado la carrera, porque se le oía con una voz robótica de traqueotomía.

De vez en cuando se asomaba a la cocina, a la cocina de Carmen, e investigaba qué se ocultaba bajo las tapas de las nunca menos de dos cazuelas que reposaban como muy relajadas sobre el fuego, esperando pacientemente a que su interior estuviese listo. Le encantaba descubrir aromas con los ojos cerrados. Era como un ritual: agarrar la tapa, cerrar los ojos, inspirar. Embriagarse del perfume de un guiso que le transportaba a su niñez, cuando su propia madre cocinaba en casa para él y sus hermanos y todo estaba tan desquiciadamente rico. Recordaba en un solo gesto cómo volvían los cuatro del colegio, con sus pantalones cortos y sus “Gorila”, corriendo y persiguiéndose por la calle, tirándose piedras o saltando a piola antes de llegar a la cancela, gritando y a veces pegándose, y cómo al traspasar el umbral de la puerta se les olvidaba lo que traían de camino al olor de la comida recién hecha.

Y es que su madre era mucha madre. Eso fue precisamente lo que le enamoró de Carmen, el cariño con el que preparaba sus recetas, como su madre. Disfrutaba al comprobar en las caras de sus comensales el placer de degustar un bocado trabajado por sus manos, mimado minuto a minuto desde que seleccionaba en el mercado el alimento hasta hallar el punto justo de ponerlo a la mesa. Y nunca, nunca, se le quemaba nada.

Pero para eso tenía que estar sola en su cocina. No compartía su momento nada más que con Rocío Jurado, que la ayudaba con sus letras a evadirse y concentrar todas sus ganas en sus platos. Se la oía cantar apasionadamente, y muy bien, por cierto. A veces incluso yo la acompañaba muy bajito desde mi primer piso, a través de esa ventana por la que se colaba esa señora con su copla los días que se sentía de buen humor.

Porque no todos los días tenía ella el alma para cantes. A veces lloraba. Eso también se oía. Igual que se oía a su hija la soltera vomitar algunas noches. No sabemos por qué. Verdaderamente no creo que tuviera problemas con su talla, que eso también está de moda. A lo mejor es que, simplemente, era delicada de estómago. En todo caso, da la sensación de que Carmen no se daba mucha cuenta. Pero para lo demás, parece que no se le va una.

Apareció en casa un día que se le cayó algo por la ventana, no recuerdo qué. Y al ratito volvió a sonar el timbre: traía una planta, un detallito vivo como inicio de un primer acercamiento después de más de veinticinco años compartiendo edificio. Así, ni corta ni perezosa, la de abajo le subió otra a la de arriba y comenzó un bucle de presentes bastante chistoso. Otro día, torrijas. Otro, unas películas de cine clásico de parte del abuelo de voz entrecortada y metálica –que no sabemos cómo se llama–, y cada encuentro un ratito de conversación.

Aún  recuerdo el día que subí a decirle que mi padre había muerto. Se quedó de piedra. Antes de ir al tanatorio, Carmen se merecía hacerle llegar la noticia. Pobre, cómo se entristeció. Y es que, por una vez, no estaba el horno para bollos. Nunca le dijimos que las torrijas nos las comimos nosotras –que estaban riquísimas, como no podía ser de otra manera–, porque se las había preparado a él con muchísimo cariño.

También, cuando supo de la boda de mi hermana corrió a comprarle un regalito. Fue incluso a la ceremonia, y muy bien situada que estaba.

Aunque yo, realmente, de lo que conozco a Carmen es de la ventana. Ese indiscreto hueco por el que se escapa su vida y que yo recojo desde abajo sin querer. El oído y el olfato. Eso es Carmen. No obstante, si levantas la vista hay tres geranios representativos en el alféizar del tercero. Siempre floridos, con color, como el fondo de su dueña.

En una ocasión no pude despegarme de la ventana en horas. La vecina había recibido una visita. Su amiga íntima, a la que parecía haber llamado con urgencia. Cómo no, la reunión fue en la cocina. Desde que Carmen telefoneó a aquella mujer hasta que sonó el timbre, no pudo otra cosa que hacer unas pastas para acompañar el café que tomarían. Qué larga se le hizo la espera. Sacó todos los ingredientes: harina, mantequilla, azúcar, huevos, almendras, chocolate para fundir y una pizca de sal. En un gran cuenco comenzó a ligar la harina y la mantequilla con sus manos, un trabajo pesado y placentero a la vez; le añadió las yemas de dos huevos, azúcar, y un toque de azúcar vainillada que buscó apresurada en el mueble de las especias. Amasaba y amasaba, a pesar de que la mezcla ya parecía haber alcanzado la textura necesaria. Era como una terapia. Estrujaba sus sentimientos, los removía, aplastaba y daba la vuelta, hacía una bola y la tiraba contra el cacharro con cierto aire de desprecio. Luego la acariciaba dulcemente, al recordar la delicia que de eso saldría, la mimaba.

Tras su pertinente paso por la nevera, extendió la masa con el rodillo una y otra vez hasta lograr el grosor perfecto deseado. Y dándole forma a las pastitas, era la reina. Lo hacía a pulso, sin cortapastas ni nada. Una flor, una estrella, otra redonda, según. Y al frigo de nuevo con su pincelada de barniz.

Frió almendras, fundió chocolate, calentó mermelada, todo a la vez, y parecía que su amiga no llegaría nunca. Picaditas las almendras, fue eligiendo un diseño tas otro.

—Ésta con chocolate, ésta sin él. Haré un bocadito de mermelada, como un sándwich. Pero y esta mujer, ¿dónde se habrá metido? ¡Menos mal que le dije que viniera corriendo! Ay, azúcar glass, ¿tendré por ahí?— porque Carmen era muy de hablarse sola.

Todo listo, al horno por fin. Se aseó un poco mientras tanto para parecer  un poco más serena. Se lavó la cara con su jabón de Clinique, ese que usaba hacía tantos años, su crema hidratante y un poquito de maquillaje. Un toque de color en las mejillas   –nada  excesivo– y una ligera capa de máscara marrón, que ya no tenía edad para otra cosa. Eso era lo que siempre se repetía, pero lo cierto es que cuando se maquillaba para algún evento especial el resultado era verdaderamente espectacular.

Suena el timbre. Justo al tiempo que terminaba de colocar las pastas ya perfectas en un platito de los buenos, de esos de los de La Cartuja, en tonos azules.

—Pasa, pasa, siéntate. ¿Quieres café o una infusión? Ay, amiga, cuando te cuente, no te lo vas a creer. Si es que todo me pasa a mí— le dijo apresurada mientras echaba agua a la cafetera.

Al parecer todo había sido esa misma mañana. Carmen tenía por costumbre ir a misa de 12 a  la parroquia de su barrio, pero hoy se encontraba un poco desganada para tanto cocinar y decidió ir a la Catedral, por darse un paseo. Marchaba tranquila por calles estrechas de las que a ella le gustaban, a pesar de ser el camino un poco más largo, con la mirada atenta a los adoquines, no fuese a pisar mal y torcerse un tobillo, que era lo que le faltaba. Repasando la lista de la compra en su cabeza, ya que pasaría por el mercado de vuelta, de repente, la toman del brazo en un gesto suave y delicado que le hizo temblar a la vez de sorpresa y confusión.

—Casi  me da un pasmo, comadre—, comentó mientras golpeaba con energía el brazo de su oyente. —No te puedes imaginar quién era, es que aún no me lo creo yo. Me da miedo hasta pronunciar su nombre. Sí. Ese mismo— asintió al ver que su amiga abría la boca asombradísima con la intención de articular palabra. —Él—.Y suspiró.

Lo siguiente fue el resumen de su historia con aquel des-conocido, un viejo amor de toda la vida que por no se sabe qué motivos desapareció del mapa en el momento que Carmen y él eran más felices. Incluso tenían fecha de boda. Habían conseguido ahorrar, con mucho esfuerzo, trabajando los dos muy duramente, un dinerillo para comprar una casa. Ya estaba apalabrado el terreno. Nada lujoso, muy modesto, una parcelita en un pueblo pegado a la ciudad. Sabían los nombres de sus hijos, Carmen y Antonio, como su abuelo, y una lista con otras posibilidades por si se extendía bastante la familia. . Y obviamente, ella nunca lo pudo olvidar. Pero no esperaba en la vida eso, encontrárselo así, aquí, en la misma ciudad que los vio abrazarse en sus jardines, ¡y tan cerca de donde se dieron su primer beso!

—Ay, comadre, qué hago yo, con lo que tengo en casa, ese bruto insensible al que no aguanto, y ahora esto… Que me va a entrar una cosa mala de los nervios que tengo. Hemos desayunado juntos y hasta me ha vuelto a temblar el labio de la emoción, como cuando era joven. Eso hacía años que no me pasaba. Con un café que hemos tomado. ¡Ay, ay! Niña, coge una pastita, que me han salido riquísimas.

Por fin le tocó escuchar a ella: que si dónde te vas a meter, a estas alturas, que qué espectáculo, a nuestras edades, que las niñas cómo se lo iban a tomar, que si verlo a escondidas era una posibilidad, que si tú piensa en ti, manda a tu marido a paseo, que si pobrecito, a estas alturas, que de qué vivirá el otro, que qué habrá sido de él todos estos años, sinvergüenza, cómo te pudo hacer eso, sin ninguna explicación, con los años que te costó volver a levantar cabeza… Una batería de pensamientos agolpados que, si a Carmen se le iba de las manos, a su amiga era ya el colmo. Menos mal que estaba allí para ayudar.

Entre unas cosas y otras se les hizo de noche a las dos allí, en la cocina, y por una vez, y sin que sirva de precedente, se abrió la veda del precocinado. Freidora en marcha, aceite de oliva y un paquete de croquetas. Pusieron la mesa entre las dos, en esa esquinita tan cercana a la ventana. Un mantel blanco con sutiles bordados y sus servilletas a juego,  dos platos, tenedores, pan recién cortado y un poco de queso para picar. Se sirvieron un buen vino que tenía Carmen guardado para una ocasión especial y que terminó saliendo en una situación de urgencia. Vino tinto y croquetas congeladas. Tampoco estaba tan mal.

Entre vino y queso, queso y vino, ambas permanecían calladas, con la mirada fija en un punto cualquiera de los azulejos, masticando y tragando muy despacito, dándole vueltas a lo ocurrido y el giro que suponía eso en la vida de Carmen y, por supuesto, en qué habría de hacer ahora.

En el justo instante en que daba el primer bocado a esa bazofia a la que tenían el valor de definir como croqueta, Carmen decidió que por qué iba a quedarse con esa porquería de croqueta que tenía en casa con lo ricas que estaban las otras, esas que había aprendido  a hacer con tantísimo cariño y que la hacían  tan especial. Porque las croquetas de Carmen, eran las croquetas de Carmen.

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