EL MISTERIOSO PAÍS DE LAS LÁGRIMAS.


“Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo”

Antoine de Saint-Exupéry

 

 

Necesitaba salir de esa casa cuanto antes. Mariela del Valle era de ese tipo de mujeres que gustaba  de calzarse unos bonitos zapatos de tacón infinito, salpicar de su perfume favorito un par de recónditos sitios secretos de su cuerpo, mirarse al espejo y sentirse satisfecha con su existencia. Disfrutaba de un carácter alegre, era independiente, decidida, quizás un poco impulsiva y alocada, e increíblemente inteligente. Y cuando se miraba en el espejo no podía menos que sonreír, orgullosa de haber conseguido todo lo que se había propuesto a lo largo de la vida.

Desde bien joven adquirió su propio pisito en el centro de la ciudad, sin grandes lujos, pero suyo. Muchas copas tuvo que servir para granjearse esas cortinas tan preciosas que ahora colgaban de la ventana de su habitación. A muchos borrachos atendió para comprarse aquel lavavajillas que la librara del tedioso momento de fregar los platos. A muchos “señores” soportó sus impúdicas inconveniencias para por fin tener colgado en su salón aquel cuadro que tanta serenidad le transmitía y que llevaba años observando en el escaparate de aquella tienda tan cercana a la casa de sus padres por la que pasaba todos los días camino de sus clases.

Todo eso, todo eso y mucho más había conseguido Mariela del Valle gracias a su esfuerzo y su perseverancia.  Y es que su juventud no coincidió con tiempos fáciles: corrían años de complicaciones en lo que a ganarse la vida se refiere. Había pasado unas 6 o 7 primaveras encerrada con los libros de un par de titulaciones que de nada le servirían en mucho tiempo, encogida sobre ellos durante largas horas a la luz de de una bombilla generadora de ese calor artificial que tanto encendía sus mejillas.

Aun así, siempre estuvo decidida a atrapar su sueño de libertad, y así sucedió. De las copas proporcionadas a tantas almas y a deshora pasó a la silla de oficina. Sus días transcurrían realizando labores más creativas que inventarse un nuevo cóctel sin alcohol para alguna jovencita conductora, y en el terreno amoroso, se iban fortaleciendo los lazos establecidos con un hombre que lograba hacerla feliz con su mera existencia.

A partir de ahí, una bella historia de amor digna de cualquier cuento de princesas. Mejor. Como el guión de una película romántica en la que cada escena supera a la anterior en felicidad y plenitud. Amor, amor, amor, y más amor. Unos hijos maravillosos, un puesto bien remunerado, ahora sí, relacionado con sus gustos e intereses; una vida próspera y dichosa.

…O eso creía ella. Si fuera una canción, en este momento Mariela sería la canción más triste del mundo.

Todo lo malo le provoca el llanto. Todo lo bueno, también. −“Con lo bonito que es el sol, ¿por qué no puedo disfrutar de él?” − se preguntaba.

Una flor recién nacida, un aroma embriagador, un paisaje que embelesa… y nada. El resultado resbalaba frío por sus mejillas. Se le salaban las pecas, que se iban carcomiendo poco a poco. En otro tiempo marcaban el camino de la felicidad, aunque no fuesen las suyas. Une los puntos y verás lo que sale: un garabato. Un ovillo de líneas cruzadas, pisadas unas contra otras, sin principio y sin final, desagradablemente circulares, desagradablemente revueltas, desagradablemente inertes. Nada. Un jeroglífico sin solución alguna.

En ocasiones se armaba de valor y borraba toda esa conmoción como con piedra pómez. Al principio le dolía un poco, pero para que el barniz quede perfecto hay que quitar las ajadas capas anteriores. Y buscando un pulimento nuevo pasaban las horas, esperando que sanara su particular zona cero.

Esperando y esperando despertó un día con una sensación un tanto extraña. Se frotó un ojo y vislumbró la mano negra de una máscara de pestañas de hacía dos días  que aún no se había quitado.

No podía tener mejor nombre: “máscara”. Tras ese peinecillo cilíndrico que teñía de fiesta sus ojos no había más que la máscara del intento de normalidad. −“Es que te maquillas y eres otra”−  le decían. Y pensaba para sí cuánta razón tenía quien le hablaba sin siquiera saberlo.

Debería estar ya camino de su rutina y no comportarse como un parásito social, pero esa era una piedra difícil de saltar. Cogía un poco de impulso, se daba ánimo a sí misma:

−“Unaa… dooos… yyyyy… No. Vergüenza debería darte −se decía−. No… si es que me da… Mariela, hija, a ver cuándo espabilas. Y lávate la cara, que cualquier día te vas a encontrar tu propio rostro impreso en la toalla, como ya parece que ocurriera alguna vez, según dice la Biblia”.

Podía pasar horas riñéndose a sí misma sin hablar. A veces, incluso se gritaba. Pero de nada servía. Un ratito después la envolvía su letargo, su nube de podredumbre, su sinsabor y sincolor, y era mejor que la dejaran en paz.

Y así, cansada, vencida de nuevo por un vano intento de siquiera parecer normal, decidió acurrucarse bajo su sábana de acero a dejar pasar las horas porque… ducharse, vestirse, quizás incluso maquillarse y hacer lo que tenía que hacer… eso… eso era demasiado.

−“Hoy voy a descansar de mi propia existencia. Ya mañana…”

Y mañana no llegaba nunca.

Porque no se puede bruñir la misma pieza una y mil veces. Pericardio desgastado. Cada vez más fino y agotado, consumido por el último revés, esa soledad que la acompaña, escrito con acero de navaja. Y para disimular el costurón, un vendaje precario y mal pegado que al menor traspié saldrá volando y dejará a la vista la rotura. Una vez al aire, no tardará en abrirse de nuevo por el roce propio del vivir refiriendo en superficie una amalgama de humores impregnados de aflicción y olor yodado.

Con un mareo extraño subiendo cuello arriba, con un nudo en la garganta por tener el valor de no sucumbir. Valiente y fuerte. Fuerte en la debilidad. Como el niño que aguanta quietecito y sin llorar mientras le curan una herida para luego darse el lote por el susto.

Otro amanecer. La despertaron haciendo ruido. Ya empezó el día del revés. Tras un rato bajando santos del cielo decidió levantarse y darse un baño. No era poco… decidir levantarse. Llenó la bañera mientras se fumaba un cigarro con el calentador encendido, a pesar de haber llegado ya la estación de las flores, el verdor y la luz. Pero es que siempre tenía frío. Una vez sumergida en su baño, empezaron a asaltarle una serie de ideas. Hoy tampoco iban a hacerse esperar.

La primera de ellas, que no tenía ninguna gana de ir adonde sus amigas la obligaban. Que lo que realmente deseaba era volver a la cama, llorar, que se le pasara, y dejar correr las horas hasta el día siguiente.

Otra idea la golpeó de repente, mientras se enjabonaba por tercera vez el mismo brazo, ése con el que se agarraba las piernas: cuántas pocas ganas. Y cuántas ganas despilfarradas durante tanto tiempo, tiradas en saco roto. Y más desgana. Y qué cansancio. Después de tanto tiempo levantándose todos y cada uno de los días pensando en que tiene que hacer lo que tiene que hacer, sin discusión y con una sonrisa en los labios, había llegado el momento de pseudorrendirse por una temporadita. −“Que me deje el mundo. No quiero pensar, estoy agotada. Agotada de pensar. Agotada de actuar. Agotada de hacer como que no pasa nada, que mañana será mejor…”

−“Además −pensaba−, ¿qué más da? nadie lo entiende. Todos creen que te regodeas en la angustia, que eres feliz atormentándote, que ya está bien, con el tiempo que ha pasado desde que no pasa nada… No se dan cuenta de que cada herida tarda su tiempo en cerrarse. Si en vez de a terapia fuera a rehabilitación para sanarme una lesión en la rodilla, la gente pensaría “Oh, Dios mío, pues sí que tiene que ser grave si aún le prescriben entrenamiento”. Pero los dolores del alma… esos son más difíciles de comprender. −“Es cuestión de actitud”…  −¡Ja!”−

Cada vez que alguien, con toda su buena voluntad, le soltaba esa frase… notaba cómo la ira le subía por el cuerpo en forma de calor y por un segundo deseaba los siete males a su  interlocutor.

Unos minutos con la mirada perdida. Imagina qué pasaría si se quedase en esa agüita por un largo rato, pero no merece la pena discutir… Arriba. Se acabó el baño, se acabó pensar (aunque es mentira), se acabó discutir… A la playa.

Allí, tumbada boca abajo, asomaba la vista por el hueco que quedaba entre su hombro y la arena, que enmarcaba a la perfección el islote de enfrente. Descubrió por esa, su ventanita al mundo real con olor a crema protectora y salitre, a  una pareja disfrutando de su bebé de poco más de un año. Podrían haber pasado los tres horas y horas viendo los juegos de la niña cada vez que venía una ola. Su padre, su madre, y ella.

La sonrisa de la pequeña le trajo a la mente una nueva reflexión: Sí, estamos todos locos. Si no, no pasaría lo que pasa. No nos pasarían las cosas que nos pasan. A veces nos quedamos como Alicia, con la idea de que una bonita sonrisa traerá la respuesta a nuestras preguntas.

Quizás no sea así, pero como  a ella, puede que en ocasiones se nos aparezca el Gato de Cheshire. Sobre todo eso, su sonrisa. Esa amplia y espléndida sonrisa que en otro tiempo no tan lejano se abría y refulgía para ti.

El gato se fue, dejó incertidumbre y se fue, pero ahí queda su sonrisa para recordarte su esencia. Cuán bonitas son las horas cuando la sonrisa es tuya.

¿Cuánto tiempo será posible seguir viendo esa sonrisa? ¿Cuánto tiempo persistirá, apareciendo en cada esquina, en cada rincón de los sueños, en cada pared vacía? ¿Acaso esa sonrisa está más loca que los ojos que la miran? ¿Acaso a esa sonrisa no pertenece un gato entero que también tenga su propia ilusión óptica? ¿Y no será que tu destino, Mariela, es estar loca, seguir alucinando su reflejo, no dejar esa bella visión desaparecer de tu cabeza?

¿Y si eso es lo cuerdo, persistir? porque ya a Alicia le dijeron  “muchas veces habrás podido ver a un gato sin sonrisa pero nunca a una sonrisa sin gato”.

Dándole vueltas a la vida y a su vida una vez más, se levantó con decisión camino del mar. El agua estaba helada. No había nada mejor que un buen jarro de agua fría para olvidar esas ideas opresivas de una vez.

Ahora se zambulle en otro mundo que consiste en, de nuevo, quererse sobre todas las cosas. Ejercicio número 1: recuperar esa felicidad perdida.

Y le vino a la memoria “Caminante, no hay camino…”

Así pasaba sus días Mariela. Sus días y sus noches, en el sueño y la vigilia. Porque los tormentos no escapaban tampoco a sus ratos con Morfeo.

Y la removían la rabia, el enfado, el desengaño, la tristeza y la impotencia, el saberse burlada por el destino.

Por fin decidió cansarse de tanto paso atrás. Dejó su trabajo, su familia y sus amigos y puso tierra de por medio. Decidió desaparecer e irse lejos, muy lejos, y aún no había terminado de pensar en ello cuando se encontró en el aeropuerto comprando un billete de ida para el primer destino prometedor.

Y se fue. Con lo puesto y su visa oro. Repasó un momento el bolso −“Tabaco, dinero, llaves y móvil. El cargador y la documentación. Bueno, las llaves no las quiero para nada, pero ¿y mis gafas? ¿dónde están mis gafas? Uff, aquí…” Se calzó sus incombustibles gafas de sol, esas que la habían acompañado a los pocos lugares del mundo que conocía y de las que se sentía inseparable, y se dirigió a la puerta de embarque.

−“Una hora más en esta sala de espera… ¿Pero por qué tiene que pasarme esto a mí? ¿Por qué si yo soy buena? ¿Qué pasa? ¿Había de caer en este estado? ¿Por qué!”

Y una vez se había despachado a gusto, volvía el llanto. La atacaba allí, en medio de unos ya casi pasajeros de avión, en una silla de plástico azul, sin contemplaciones. −“¿A quién quiero engañar? Me doy pena. Por idiota, por mi soledad, por mis anhelos hechos añicos”.

−“Nah, me debería haber comprado una de esas revistas insulsas en las que te enseñan los granos de las actrices y el bigote de las modelos, celulitis por aquí, una tipa con el tanga roto por allá… esas cosas. Y dejar de hacer el tonto más a la vista de todo el mundo”.

Le preguntó a la azafata si le daría tiempo a salir a la librería. Y corriendo prácticamente llegó allí. Tomó lo que iba buscando, lo pagó y echó a volar de nuevo.

Llegó justo a tiempo. Se podía acceder ya al avión y no perdió un segundo. Buscó su asiento -ventanilla-, se acomodó y comenzó a sumergirse en un mundo de evasión formado por tipos de imprenta, recién comprado. El Principito, su edición en francés. Bon voyage.

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