El hombre bala.


En un descampado cualquiera… con Sabina y su Virgen de la Amargura, su agua pasada y su vinagre y rosas.
Oliendo, sintiendo, recordando.
Al borde de la tentación. Tan cerca…
Con la cabeza guardada en un cajón en casa. Sólo el corazón.
Ha faltado poco… Esta vez sí.
Con un mareo extraño subiendo cuello arriba.
Con un nudo en la garganta por tener el valor de no sucumbir.
Valiente y fuerte. Fuerte en la debilidad. Como el niño que aguanta quietecito y sin llorar mientras le curan una herida para luego darse el lote por el susto.
Así… perdiendo el tiempo en un sitio sólo visitado en una ocasión, dulce ocasión.

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