Efemérides me acosan


Creí que nunca llegaría este día,y llegó.
Hace exactamente 365 días le diste la mano a la de la guadaña y la acompañaste hacia la nada.

Pero le diste una, que la otra bien te la agarraba yo con fuerza, queriéndote transmitir serenidad si es que sabías que expirabas, acariciándote sin pestañear por si podías aún sentirme, oírme, siquiera verme cuando esos ojos se abrieron para no ver nunca más. Llamando sin histerias a la mujer de tu vida para que la supieras cerca, callandito para que no te dieras cuenta de que era la última vez, para que no te pusieras nervioso, para que te pudieses ir en  paz… que bastante esfuerzo hace uno incluso para morirse.

Y allí me quedé yo, sin soltarte, un buen rato. Vi a tu pequeña cofrade mirar aterrada, a su compañero de la vida echarse las manos a la cara, a la tuya mirarme a mi. Nos miraba a ti y a mi,  como para asegurarse. “Sí, Mamá, sí”, le dije.

Y sólo te solté un momento para ponerte una dosis más. Porque… ¿y si morirse duele? pensé yo. Una más no te puede hacer más daño, y si te puedes ir sereno, por mis cojones,  lo harás.

Y te agarré de nuevo por si lo sentías, y no dejé de acariciarte, como siempre hacía, sólo para que supieras que no estabas solo. Una mano asida a la tuya, la otra resbalando por tu cara, por tu frente y tus mejillas, despacito y con muchísimo cariño… Sabía que sería la última vez.

Qué dura la certeza de que es “la última vez”.
Qué cruel el valor de un minuto.
Qué implacable el tiempo, que no se detiene. Y qué poco tardó en dar la vuelta el calendario y refregarme por la cara que estoy exactamente en ese punto.  En esa silla al lado de tu cama, ahí me quedé yo. Estancada en una vida como hastiada, fatigada de ser fuerte por obstinada, de llevarme todo por delante porque así lo requería la situación…

Pero qué factura más larga… No pido justicia porque entonces todo esto no tendría que haber pasado. Pido una tregua, por favor, un descansito. Un no dar un paso atrás y echar a perder todo el trabajo adelantado. Aunque sea muy despacito… pero siempre hacia adelante, por favor. Ya me cansé de esta montaña rusa que no hace más que subir y bajar a gran velocidad y volverme loco el equilibrio.
Y ni siquiera tengo al lado a quién chillar, a quién agarrar del brazo cuando viene una cuesta hacia abajo pronunciada. Parece que no, pero toda la atracción para ti sola, asusta.

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