Le Petit Prince


En ocasiones, era como si Mariela adivinase el futuro, y se insultaba a sí misma por ser tan tonta, por seguir cometiendo las torpezas de una vulgar adolescente.

Y es que estaba tocada; tocada y hundida, y se sentía como alma en pena, aunque la causa esta vez era bastante diferente. Se había enganchado en una historia cuyo final sabía desde el principio. “¿Por qué no pude mantener las piernas cerraditas aquél día?”, terminó por preguntarse. Aunque esa no era la pregunta, claro. La pregunta era “¿Por qué siempre se hacen realidad mis miedos? ¿Por qué ha pasado justo lo único a lo que temía? Dejarse llevar, dejarse llevar… ¿dónde está el límite? El que no arriesga no gana, y eso es una pérdida de tiempo en esta vida, pero… ¡ay! ¡que volví a perder!”.

Así pasaba sus días Mariela. Sus días y sus noches, en el sueño y la vigilia. Porque los tormentos no escapaban tampoco a sus sueños.

Y la removían la rabia, el enfado, el desengaño, la tristeza y la impotencia, el saberse burlada nuevamente en un intento de darlo todo a quien no lo quiere.

Un día decidió cansarse de tanto paso atrás. Dejó su trabajo, su familia y sus amigos y puso tierra de por medio. Decidió desaparecer e irse lejos, muy lejos, y aún no había terminado de pensar en ello cuando se encontró en el aeropuerto comprando un billete de ida para el primer destino prometedor.

Y se fue. Con lo puesto y su visa oro. Repasó un momento el bolso “Tabaco, dinero, llaves y móvil. El cargador y la documentación. Bueno, las llaves no las quiero para nada, pero ¿y mis gafas? ¿dónde están mis gafas? Uff, aquí…” Se calzó sus incombustibles gafas de sol, esas que la habían acompañado a los pocos lugares del mundo que conocía y de las que se sentía inseparable, y se dirigió a la puerta de embarque.

Quiso hacer una última llamada. Buscaba en la agenda su condenado nombre y lo miraba. Lo miraba hasta que una y otra vez el teléfono se bloqueaba como metiendo prisa. -“¿Vas a llamar o no?” -“NO” y se perdía en un monólogo dialógico y alógico. Se debatía una vez más entre el deseo y lo que teóricamente le convenía.

“Una hora más en esta sala de espera… ¿Pero por qué tiene que pasarme esto a mí? ¿Por qué si yo soy buena? Si lo único que quería era regalar amor, si yo cuando me enamoro lo doy todo… ¿qué pasa? ¿no lo quiere? ¿no merezco la pena? Estúpido. Tú te lo pierdes. Tendré defectos como la que más, pero te habría hecho tan feliz que te ha dado miedo. Cobarde. Y sin un adiós ni un hastaluego. Así, sin más. Tan sólo precedido por tus desaires, tus muestras de cobardía e inmadurez, tus traumas y tus miedos, y todo eso que pretendes ocultar para justificar tus vejaciones, tus insultos y tus malas maneras”

Y una vez se había despachado a gusto, volvía el llanto. La atacaba allí, en medio de unos casi pasajeros de avión, en una silla de plástico azul, sin contemplaciones. “¿A quién quiero engañar? Me doy pena. Por idiota, por mi soledad, por mis anhelos hechos añicos… una vez más. A este paso ni siquiera podré ser madre algún día.”

“Nah, me debería haber comprado una de esas revistas insulsas en las que te enseñan los granos de las actrices y el bigote de las modelos, celulitis por aquí, una tipa con el tanga roto por allá… esas cosas. Y dejar de hacer el primo más a la vista del mundo”. Le preguntó a la azafata si le daría tiempo de salir a la librería. Y corriendo prácticamente llegó allí. Tomó lo que venía buscando, lo pagó y echó a volar de nuevo.

Llegó justo a tiempo. Se podía acceder ya al avión y no perdió un segundo. Buscó su asiento -ventanilla-, se acomodó y comenzó a sumergirse en un mundo de evasión formado por tipos de imprenta, recién comprado. El Principito, su edición en francés. Bon voyage.

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