El paño de Verónica.


“Cómo duele, joder, cómo duele”.
Así se despertaba un nuevo día. Entonces se frotó un ojo y vislumbró la mano negra de una máscara de pestañas de hacía dos días y que aún no se había quitado.

No podía tener mejor nombre: “máscara”. Tras ese peinecillo cilíndrico que teñía de fiesta sus ojos no había más que la máscara del intento de normalidad. “Es que te maquillas y eres otra”, le decían. Y pensaba para sí cuánta razón tenía quien le hablaba sin saberlo.
Y así amaneció nuestra Verónica ese día.

Debería estar ya camino de su rutina y no comportarse como un parásito social, pero esa era una piedra difícil de saltar. Cogía un poco de impulso, se daba ánimo a sí misma, “unaa… dooos… yyyyy… No”.

-Vergüenza debería darte —se decía—. No… si es que me da… Verónica, hija, a ver cuándo espabilas. Y lávate la cara, que cualquier día te vas a encontrar tu propio rostro impreso en la toalla, como cuenta la leyenda.

Podía pasar horas riñéndose a sí misma sin hablar. A veces, incluso se gritaba. Pero de nada servía. Un ratito después la envuelve su letargo, su nube de podredumbre, su sinsabor y sincolor, y es mejor que la dejen en paz.

-Además —pensaba—, ¿qué más da? nadie lo entiende. Todos creen que te regodeas en la angustia, que eres feliz atormentándote, que ya está bien, con el tiempo que ha pasado… No se dan cuenta de que cada herida tarda su tiempo en cerrarse. Si en vez de a terapia fuera a rehabilitación para sanarme una lesión en la rodilla, la gente pensaría “Oh, Dios mío, pues tiene que ser grave si aún le prescriben entrenamiento”. Pero los dolores del alma… esos son más difíciles de comprender. “Es cuestión de actitud”… ¡Ja!
Cada vez que alguien, con toda su buena voluntad, le soltaba esa frase… notaba cómo la ira le subía por el cuerpo en forma de calor y por un segundo deseaba los siete males a su  interlocutor.

Y así, cansada, vencida de nuevo por un vano intento de siquiera parecer normal, decidió acurrucarse bajo su sábana de acero a dejar pasar las horas porque… ducharse, vestirse, quizás incluso maquillarse y hacer lo que tenía que hacer… eso… eso era demasiado.

-Hoy voy a descansar de mi propia existencia. Ya mañana…

Y mañana no llegaba nunca.

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