Ya es abril. ¡Por nosotros!


Me pareció oirlo… Me pareció que abría la puerta con su llave y que entraba sonriendo.

Me pareció mentira que fuese mentira.

Y un día quieres saber quién era aquél familiar lejano, y pìensas “luego le pregunto a Papá”… y no. No le vas a poder preguntar nada. Y te pones a echar cuentas de cuánto se llevó con él: se llevó sus historias y sus anécdotas,  se llevó su sonrisa y sus palabritas graciosas, se llevó sus sevillanas y su pose torera.

Y, Papá,  pueden pasar mil días, que cada vez que vea el lavavajillas de cualquier manera te veo ordenando los vasitos uno a uno para que todo quepa mejor.

Y pueden pasar mil días, que cada vez que me sirva un vaso de agua del frigo te veo justo antes de acostarte y te oigo decirme que el segundo vaso sale más fresquito que el primero.

Pueden pasar mil días que cada vez que pase por tu Iglesia miraré por si te pillo saliendo, creyendo verte de lejos por cada calle de tu barrio.

Y no te puedo llamar para que me subas tabaco, ni me riñes porque el cenicero da asquito, ni te lo llevas para traerlo limpio. Ah, ¿sabes? en apenas quince días dejaré de fumar. Sí… te reirías de mis maneras y te me pondrías de ejemplo por esos 1 de enero que sustituías el L&M ligth por regalices, como ejemplo de tu voluntad… esa que sabes que yo no tengo… Pero lo haré. Lo haré porque es de tontos buscarse la muerte a la carta. Y esa carta…

Y ahora, en apenas unos días, cuando me vista de volantes no me dirás, “a ver, ven que te vea”, ni me pondrás pegas como siempre… “Aunque la mona se vista de seda…”  Jajajaja. Este año iré a la Feria porque te lo debo; nos lo debo. Porque el año pasado sólo fui porque tú me vieras con mi trajecito y retroalimentábamos la normalidad. Y el anterior, más de lo mismo. Así que este año la primera manzanilla que saboree sobre el albero llevará tu nombre. Y la segunda, y la tercera… y luego ya veremos… Me tomaré un caldito porque, igual que tú, me pongo malita.

Y no podré evitar el recuerdo de aquellos días en los que nos íbamos tú y yo solos y dábamos paseos por Joselito el Gallo, por Pascual Márquez … ¡Hay que ver lo que me hacías andar!

Y no hago más que pensar en si te gustaría mi traje nuevo de este año, y se lo enseño a la gente buscando tu respuesta. Y a nadie le parece que tenga tanto escote como te hubiera parecido a ti.

Ay… eso sí lo heredé. Me legaste pocas cosas: esa incómoda intolerancia al alcohol, tu genética en mi cara, o tu socarronería, pero ¿feriante? eso seguro que es sólo tuyo, Papá.

Dejaré el pabellón alto. ¡Por nosotros!

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