Estaba en casa y…


Estaba en casa y le podía el sueño. Una especie de sopor extraño que no conocía del todo. Conocía el peso del sueño verdadero, el vértigo de sus cervicales, el vahído de cuando se olvidaba que había que comer… pero hoy era diferente.

Hoy parecía estar flotando en una nube ajena a lo que a su alrededor se trajinaba. Gente caminando por las calles, niños corriendo con sus bicicletas, un vendedor en su puestecillo intentando convencer a dos turistas, una señora que saluda ridícula a la muerte con sus grandes gafas de pasta de Dior…

La vida: lo que ella estaba viendo lejos, muy lejos, era la vida. Desde su almohadón de humo evaporado intentaba observar, pero seguían lejos. Todo ellos eran ajenos a su existencia y su mirada perdida. Nadie la veía, igual que ella no veía nada.

Se puso de pie. Decidió dejar a un lado su ventana y de un brinco histérico que más parecía un sobresalto del reloj, se elevó con decisión y dejó atrás el mullido butacón que la abrazaba.

Pensó en darse una ducha rápida y caliente. Recapacitó, y tras un segundo entendió que los vapores emanados de la bañera la sumirían de nuevo en su latencia.

Suena el teléfono. Al descolgar, una voz con acento mejicano le pregunta sin rodeos si conoce las novedades acerca de su nuevo catálogo de moda rancia y comienza a relatarle las tendencias para el próximo verano. Sin esperar a la pausa, Julia le agradece su llamada y termina ese monólogo de forma drástica. Acaba de volver a la vida, nadie la va a interrumpir.

Un café para ayudar un poco -piensa-, y comienza a calentar el agua. Mientras tanto corre al baño, se mira al espejo y decide que esa será la última vez que se encuentre ese reflejo. A partir de hoy -se dice- nada de andar por ahí con el pelo mal atado y la cara “al agua”. Sí, un poco de maquillaje le vendría bien para disimular sus ojeras y alguna que otra arruga que se empieza ya a vislumbrar de tanto fruncir el ceño.

Silbido de café, una taza, y algo de perfume por los resquicios del cuello. Lista.

Ahora su reflejo le devuelve a una chica viva, guapa y resuelta, con los ojos chispeantes rabiosos de diversión,  dispuesta a ser feliz.

Así, sí -exclama-. Se calza unos tacones de impresión y cierra la puerta. Mientras baja la escalera teclea el teléfono de su amiga, esa a la que esta misma mañana no conseguía escuchar a pesar de sus esfuerzos, y le dice: “Pequeña, he vuelto”.

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