Al final, la sequía era buena.


Está muy feo arrepentirse de las cosas.
Está muy feo sentirse gilipollas.
Está muy feo saberse muñeca de trapo; de trapo del polvo, además.
Está tremendamente feo dejarse torear a consciencia. A consciencia de toro y de torero.
Está desquiciadamente  feo saberse nada.
Horror de huellas impregnadas de dolor que reaparecen en cuanto llueve un poco.
¿O no es poco? Lo que para uno son cuatro gotas para otro puede suponer estropear una cosecha.
Un pequeño sembrado tratado con mucho mimo, abonado con esperanzas, regado con delicadeza y al milímetro para evitar el exceso. Esperando que salga el sol para alcanzar el verde adecuado…
Y sin embargo, de repente, sin ser la época, el tiempo cambia y se torna oscuro, negando la luz de la que se alimenta y mascando la tormenta.
Tanto trabajo para que un día vengan de fuera y se pierda el fruto.
¿Tú? Tú lo que eres es tonta, hija.

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