La decisión incorrecta


 

– Me ha dolido. Esa gilipollez me ha dolido.

– Te contaré algo…

 

Había una vez una niña, una pequeña princesita, que vivía en un hermoso castillo de un país muy lejano. La princesa era una de las más traviesas niñas que el mundo había conocido, pues se aprovechaba de la inmunidad de ser quien era y tenía amedentrados a los cortesanos.

Un día tiraba piedras desde su ventana y descalabraba a alguien, otro mataba pájaros, otros cambiaba el azúcar por la sal, o echaba pegamento entre los dedos de sus hermanos… siempre inventando zascandilerías.

Un día, su padre, el Rey, cansado de imponer castigos y sabiéndose impotente, clamó al cielo ayuda para dar solución a las andanzas de su hija. Esa misma noche, un hada se apareció ante ella en sueños y le dijo:

– Mariquilla, pequeña, tu padre está muy preocupado. El país entero te teme y les haces mucho daño. Voy a darte dos opciones: puedes experimentar todas las sensaciones que has provocado en los demás -miedo, angustia, dolor, rabia, impotencia…- o puedes convertirte en la persona más sensible del mundo. Tú decides.

– …desde luego, esta hada mía es tonta -pensó Mariquilla- ¿cómo voy a preferir sentir el dolor de una pedrada a esto otro que me ofrece? Querida hada -le dijo-, ¡indudablemente quiero ser una persona sensible!

– ¿Estás segura, Mariquilla? Ten en cuenta que disfrutarás del aroma de una flor con un placer infinito, gozarás al andar descalza sobre la hierba, sonreirás al ver a un recién nacido como nadie pueda hacerlo… pero también, Mariquilla, también llorarás más que nadie. Un simple pinchazo de un alfiler te revelará que debes ser paciente,  una mirada extraña te dolerá en el alma, una pequeña broma te herirá como la peor de las pedradas… Te repito, hija, ¿estás segura?

– ¡Pues claro, tontaina! -se apresuró a contestar-.

-Entonces, Mariquilla, he aquí tu deseo: te acabas de convertir en la persona con la mayor facultad de sentir, de emocionarte, y de sufrir. Has elegido mal, pequeña, has elegido mal… el dolor que te ofrecía es mucho más llevadero que el del alma. Duelen más las cicatrices que sólo uno puede ver.

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