Purusita


Había una vez una muñeca… una muñeca preciosa. Tenía las mejillas sonrosadas, unos vivos ojos negros y una gran y dulce sonrisa.

Se llamaba Purusita.

Purusita era una muñeca feliz, siempre alegre; cantaba y bailaba sin parar al ritmo de sones imaginarios. Sí, era feliz.

Pero Purusita no entendía muchas cosas. Y no porque no fuese inteligente… ¡Purusita era muy lista! Pero a veces le entraban arrebatos con el mundo, cruzaba los brazos, sacaba los morros y miraba fijo al suelo, enfadada; consigo misma.

¿Cómo podía ser aquéllo? -se preguntaba una vez más-. ¡Pero si la vida es maravillosa cantando y bailando!

Y se lamentaba por breves momentos por haber tropezado entre tanto ajetreo y no haber atendido con quién se chocaba.

Unas veces duraba más, y otras menos. Otras, se empeñaba en hacerse pequeña por cansancio. Otras decidía cerrar los ojos a ver qué pasaba, pero siempre, siempre, volvía a bailar.

¡Me volveré a caer! -se decía- pero mientras… mientras bailaré y bailaré la música que suene en mi cabecita de trapo.

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2 pensamientos en “Purusita

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