Una tarde que prometía relax y serenidad.


Una semana estresantemente callejera. El cuerpo te pide comisaría. Y efectivamente, acabas pidiendo a gritos que allí te lleven si es que hay camas libres.

¿Conclusión? Hoy toca peli. Una peli maravillosa, a pesar de que tratase de la vida cuando le ponen fecha de fin. A pesar de que tratase sobre el cáncer. A pesar de que tratase de algo que no hace tanto tiempo he visto con mis propios ojos y he sufrido en mi propia alma.
Así se aguanta, como una campeona… viendo vómitos y tiritonas, agujas y operaciones, enfados y llantos. El dolor en estado puro, la esencia del sufrimiento, la consciencia más absoluta de saber que un minuto más, es un minuto menos.

Y entonces, una llamada. Ni siquiera era para ti, pero bueno, ya que estamos, preguntamos por nuestras venturas y desventuras. Estados de salud y del espíritu, y la pregunta del millón “¿y qué tal tu novio?”.

¡Plaf! Acaban de meter el dedo en tu llaga y te joden una tarde que prometía relax y serenidad.
“No… no… hace ya seis meses de eso, no te preocupes. No… no… no es algo temporal. Seguro… seguro… él lleva ya cuatro meses con otra. Sí… sí… he muerto para él… Sin problema… ”

¿Y ahora? Pues en este momento tus amigos, casi enfadados ya tanto como tú por tus ánimos revueltos, te dirían “no pierdas el tiempo pensando en eso. No pienses más en él. Si tú has muerto para él, él debe morir para ti, y con más motivo”.
Y sólo me sale decir: “vale… sí… lo sé… ¿y?”

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